A medida que el curso evolutivo de la enfermedad avanza, el enfermo va sufriendo un empeoramiento de sus capacidades cognitivas que afectan a sus actividades de la vida diaria y que acostumbra ser paralela al deterioro que el familiar sufre ya que la demanda de cuidado es excesiva para sus posibilidades psíquicas, emocionales y físicas.

El cuidado constante, diario y prolongado en el tiempo deja secuelas en el cuidador principal que tiene una mayor probabilidad de padecer trastornos y problemas musculares, reumatológicos, óseos, tensionales y psicosomáticos que se agudizan con el cuidado llegando a ser crónicos e irreversibles.

Estas repercusiones físicas son muy importantes en el familiar ya que utilizan su propio cuerpo como instrumento para el cuidado, realizando sobreesfuerzos innecesarios al no tener técnicas adecuadas.

Resulta necesario formar al cuidador para afrontar las tareas derivadas del cuidado en el propio hogar adquiriendo pautas de cuidado idóneas y adaptadas a las características del enfermo según su grado de deterioro y maximizando los recursos con los que ya cuenta.

Al mismo tiempo, se detectó que muchos de los problemas referidos por los cuidadores se producían en el hogar familiar donde el enfermo permanece la mayor parte del tiempo y podían responder a una falta o inadecuada adaptación de la vivienda a las nuevas necesidades. Esto repercutía negativamente en su falta de autonomía, independencia, dificultad para interactuar con el entorno físico del enfermo y en sus alteraciones comportamentales que dificultaban y entorpecían no sólo al enfermo sino al cuidador en sus tareas cotidianas relacionadas con el cuidado produciendo numerosos conflictos.